miércoles, 23 de mayo de 2018

El hombre que conquistó Valencia / Enric Juliana *

La detención de Eduardo Zaplana por un presunto delito de blanqueo de capitales y cohecho es la penúltima pincelada del tenebroso cuadro político español. El último renglón de un relato deprimente: el fracaso moral del proyecto supuestamente regeneracionista de José María Aznar durante el cambio de siglo. Operación Erial ha titulado la Guardia Civil. Hay un literato en la Unidad Central Operativa.

Conviene poner las cosas en perspectiva. La caída de Zaplana es muy relevante, en la medida que fue uno de los hombres verdaderamente importantes de la aznaridad, por decirlo al modo de Manuel Vázquez Montalbán.

Inteligente, muy inteligente, simpático, espléndido relaciones públicas, duro en la batalla, jabalí en el Parlamento, pinturero, incluso en sus momentos de mayor dificultad vital, Eduardo Zaplana le birló la Comunidad Valenciana al Partido Socialista y condujo la aznaridad a orillas del Mediterráneo. Madriterráneo, titularía años más tarde el diario ABC. 

El hombre de Cartagena trasplantado a Benidorm ayudó a construir un eje fundamental para la hegemonía de la derecha conservadora española, que no podía contar ni con Andalucía, ni con Catalunya. En su segundo libro de memorias (El compromiso del poder, 2013), José María Aznar glosa la conquista de Valencia como uno de los hitos más importantes de su mandato.

Zaplana captó rápidamente las ambiciones y frustraciones de la sociedad valenciana, mientras Barcelona, Madrid y Sevilla iban como un tiro durante los años noventa. Una pintada aparecida un día en un muro de la ciudad de Valencia lo resumía muy bien: “Barcelona: Juegos Olímpicos, Sevilla: Expo, Madrid: capital cultural europea. ¿Y nosotros, qué?”. 

Zaplana ofreció a los valencianos un proyecto de prosperidad rápida, basado en una combinación de plusvalías inmobiliarias y turismo. Trabajó con un mapa de intereses perfectamente elaborado por un excelente conocedor del terreno: el exdirigente socialista Rafael Blasco. Sin la ayuda del maquiavélico Blasco, hoy recluido en la prisión de Picassent, el Partido Popular no habría conquistado Valencia.

La caída de Zaplana es otra muesca en la culata de Mariano Rajoy. Todos los que le hicieron la vida imposible han acabado sucumbiendo. Sólo Ángel Acebes queda en pie. Puede leerse así, pero también al revés: Zaplana cae ahora sobre las cansadas espaldas de Rajoy. El deterioro del Partido Popular parece imparable, pese a una recuperación económica, que podría emborronarse en los próximos meses. Demasiadas cosas le salen mal. El hombre de Berlín se les está escapando. El teorema Llarena, pieza fundamental para una reinterpretación dura de la democracia española, puede desmoronarse.

La paradoja es la siguiente: la aznaridad se ha hundido moralmente, pero Aznar ha conseguido ser el padrino intelectual de Ciudadanos, fuerza de repuesto de la maltrecha derecha española.

Hoy el PNV tiene en sus manos el destino de la legislatura.


(*) Periodista y director adjunto de La Vanguardia


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