lunes, 25 de noviembre de 2019

El misterioso caso de España, el país de izquierdas donde nadie es de izquierdas / Héctor G. Barnés *

Al franquista aquel día se le terminó de ir la pinza, quizá animado por el combinado español (un concepto apropiadamente polisémico en este caso: me refiero tanto a la selección como a un cubata de whis-cola). Agarró un perro Yorkshire que no recuerdo muy bien a quién pertenecía –o tal vez simplemente estaba ahí 'motu proprio'.–, lo alzó, agarró su patita derecha, esa patita de perrito peludita como de fregona sucia, le obligó a hacer el saludo fascista y empezó a cantar el 'Cara al sol' a pleno pulmón.

El tío, ahí: “cara al sol, con la camisa nueva”, y como siga, que no lo sé. Lo llamábamos el franquista por razones obvias. La prensa lo habría llamado “un nostálgico del régimen”. Lo hacíamos en singular porque en aquel lugar y en aquel contexto, el Móstoles de 2002, no cabía la posibilidad que hubiese más de un nostálgico-del-régimen, de igual manera que solo hay un estalinista por barrio. Era nuestro Chanquete oscuro. En realidad, otro borracho peligroso más.
Nos hacía mucha gracia como hoy en día a mucha gente le hace gracia el chino franquista de Usera, porque es una excepción en el aburrido tejido de la democracia liberal. A mí dejó de hacerme gracia cuando el muy payaso me soltó algo así, bañado en su aliento de cognac, que con esa cara no iba a follar en la vida, que es lo típico que le suele decir un adulto a un chaval de 17 años. Pero ya sabe, es lo que tiene esta gente: dicen aquello que nadie más se atreve a decir, no dejan llevarse por lo políticamente incorrecto, crack, artista.

Fíjense si era políticamente incorrecto que el pobre diablo, el puto psicópata, trabajaba de conductor entre carajillo y carajillo. Es posible, incluso –no consigo recordar si es cierto o no– que lo que llevase entre sus manos de brandy fuese el minibús de un colegio. Pero que nadie se equivoque, no era un tipo desesperado. Era un crack, un artista, el que contaba los mejores chistes en el bar (es decir, los más racistas y machistas), el que invitaba todo el rato (con el dinero que sacaba de la tragaperras), el más amigo de todos porque se pasaba 10 horas al día en el bar. No solo era un peligro para sí mismo, sino para los demás.

Me he acordado mucho de él con el auge de la extrema derecha. O, mejor dicho, el auge de la antropología de la extrema derecha. Muchos de ellos comparten, aunque no sea de manera explícita, una misma idea: España es un país “rancio” –lo decía Luis Tosar el otro día–, un paraíso conservador en el que solo hace falta una chispa para que millones de españoles reconozcan que sí, ellos también vivían mejor con Franco. Miedo a un planeta facha, como el disco de Public Enemy.

A mí el relato que me gustaría leer, aunque admito que sería un coñazo, es cómo el de España, a pesar de ser tan rancia y facha, es un país tan progresista en tantos sentidos. Nótese que ni siquiera digo de izquierdas: como ha contado alguna encuesta, más de la mitad de los votantes del PP apoya el matrimonio homosexual, a pesar del ruido que provocó la medida en su día. El cinturón verde de Vox es un fenómeno llamativo, pero también lo es cómo España se situó, tras décadas de dictadura nacionalcatólica, en la vanguardia del progresismo social.

Cómo se universalizaron la educación y la sanidad, por qué España aparece siempre en los primeros puestos en los 'rankings' de países más respetuosos con la diversidad, más feministas, más solidarios. Sin embargo, solemos hacer lo contrario y fustigarnos recordando que los nórdicos, ¡los malditos nórdicos, los de los Verdaderos Finlandeses, y los Demócratas de Suecia neonazis! No como los españoles, que somos fachas y si alguien de derecha cuida de los pobres es por la culpa católica, no por empatía.

¿Dónde está el viejo franquista?

A lo mejor es que las reformas sociales nos aburren. O tal vez es que dan para poco colorcillo periodístico, en comparación con lo mucho que se puede analizar, valorar, discutir sobre Vox y sus circunstancias. Gran parte de la izquierda, de la supuesta izquierda, esa que utiliza la palabra “progre” tan despectivamente como si llevase toda la vida votando a La Falange, ha recibido el advenimiento de Abascal con el placer del que descubre que siempre ha tenido la razón, porque es una forma de confirmar el prejuicio de que España siempre será retrógrada y que los ciclos progresistas con pequeños paréntesis en la unidad de destino en lo universal.

El ejemplo más claro lo daba la periodista Carmen de las Muelas en Twitter, cuando explicaba cómo el pasado 20 de noviembre se habían citado en Mingorrubio más de 40 periodistas para ver cómo apenas una docena de "trasnochados" habían ido a visitar la nueva tumba del dictador. Ya salen a una media de tres periodistas por cada fascista. Una atención que ya querrían para sí muchas figuras públicas, una tentación colorista que en realidad presenta una visión totalmente distorsionada de España. "Luego nos quejamos de monstruos, cuando los hemos criado", se lamentaba.

La teoría del “franquismo sociológico” explica cómo la dictadura penetró hasta el tuétano en la sociedad española a través de la economía o la educación de manera hasta terminar perpetuándose tras la muerte del dictador. Que tenía sentido hace 30 años, pero quizá no tanto ahora, cuando amenaza en convertirse en profecía autocumplida. Si buscas “franquismo sociológico” en Google te lo explican Paul Preston, Jesús Cintora o Carmen Lomana. A quienes no les niego el talento, pero sí sospecho que son de los que vivirían mejor contra Franco.

Es posible que la sombra de la dictadura sea alargada, pero no en menor grado de algo que podríamos llamar el “socialismo sociológico”, valga la redundancia. No son solo los 15 años de gobierno socialista (prolongados posteriormente por dos legislaturas de Zapatero) que diseñaron las políticas sociales vigentes hoy en día, sino también los movimientos de organización vecinal, sindical y regional que brotaron durante los años 70. Según la encuesta de Valores de la Fundación BBVA, a la que cito porque creo que es poco sospechosa de partidista, los ciudadanos españoles que se declaran de izquierdas superan en mucho a los que lo hacen con la derecha (echen un vistazo a la página 26). Algo que tiene su correlato electoral en el argumento habitual de que la abstención perjudica a la izquierda.

Sospecho que muchos de los que opinan que España es un país conservador lo hacen por mero centralismo, porque si es posible que la Comunidad de Madrid sí lo sea. Nadie que haya viajado con cierta profundidad por Extremadura, Andalucía, Cataluña o País Vasco en particular o por el resto de España en general, donde es relativamente fácil encontrar sorprendentes resistencias progresistas en el lugar más inesperado, puede comprar el cliché de la leyenda negra fascista. El tópico urbanita señala que si la ciudad ya es facha, el campo lo debe de ser aún más; la realidad muestra que bien puede ser todo lo contrario, y que tal vez los paletos seamos los de Madrid.

Que España es sociológicamente de izquierdas es un tema recurrente. Por ejemplo, es la tesis que defiende Ignacio Urquizu en su libro '¿Cómo somos? Un retrato robot de la gente', en el que define al hombre medio español como “un dique de contención de los extremismos”. Le voy a comprar la tesis. Lo que no creo es que, como le gustaría a Vox, el español medio, esa supuesta España que madruga, sea posfranquista, racista y machista. Es mucho menos bonito periodísticamente, pero sospecho que el español medio es un soso socialdemócrata con cierta desconfianza ante las instituciones y ocasionales anhelos de ascenso social. En realidad, la batalla política del futuro consistirá, en un alto grado, en dirimir quién es realmente el ciudadano medio.

Me vuelvo a acordar del franquista de Móstoles y me pregunto qué habrá sido de él, si se lo habrá llevado por delante esta ola de sociología de bar. Quizá esté delante de algún micrófono, convertido en estrella televisiva, revindicado como el único español que consiguió que un perro cantase el 'Cara al sol', un paciente cero del resurgir fascista que sociólogos, antropólogos y periodistas entuban y escrudiñan como mancha de Rorschach para desentrañar nuestra verdadera esencia. Dudoso honor para lo que en su día no era más que el último de una estirpe de la que hasta los adolescentes se reían.


(*) Periodista


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