jueves, 25 de febrero de 2016

La pequeña gran coalición / Ramón Cotarelo *

Cumpliendo con su deber de minucioso analista, Palinuro se tragó ayer los 66 folios del acaramelado pacto entre el PSOE y C's. Con un sentimiento creciente de futilidad porque Pacto para un gobierno de cambio y progreso creo que lo llama Pedro Sánchez, que cada vez se parece más a Roberto Alcázar y Rivera se parece a Pedrín, los dos héroes de los cómics fachas de la postguerra. Como lo podía llamar Reprimudio porque no tiene la menor posibilidad de servir de base a gobierno alguno. Y como no sirve para nada y tiene exactamente hasta el próximo 6 de marzo de vida, los autores no se han esforzado mucho. Esas ristras de palabras vacías y expresiones convencionales, mil veces leídas en programas y folletos, no solamente no quieren decir nada sino que no sirven para nada.
Ni mucho ni poco: nada. Es sorprendente por desmesurada la reacción que ha provocado cuando es un texto tan plano y vacío como las cabezas de sus autores en donde lo más importante no es lo que se dice (que no se dice nada) sino lo que no se dice. Porque lo que queda claro tras leerlo es que adiós a la abolición de las reformas laborales; adiós a la abolición de la LOMCE; adiós a la de la Ley Mordaza. Es lo de siempre con estos seudoliberales y seudoprogresistas españoles: la derecha comete un abuso, una demasía, una canallada a lo bestia, de un solo golpe, y luego llegan los progres y le liman las uñas porque no se atreven a abolirla. Forma parte de la histórica desgracia de este pobre país.

Este pacto es una bobada hecha con palabrería de vendedor de parcelas urbanizables porque los autores saben que en primera y segunda votación de investidura, PP, Podemos, los catalanistas y el resto de fuerzas políticas (más de 200 escaños) votarán que "no" (y harán muy bien) y ahí se habrá acabado la corta vida del pacto. Por supuesto, en estos días se oirán muchas voces dispuestas a defender lo que haga su partido, aunque sea el hara-kiri. Muchos hablarán de la pinza PP-Podemos que votarán juntos. Y así será. Y pinza será. De hecho, Anguita, el inventor de la primera, estaba ayer resplandeciente detrás de Garzón, como padre putativo de la criatura. Solo que, esta vez, el voto conjunto en contra del PP y Podemos no es pinza sino respuesta adecuada al intento de estos dos meritorios de hacerse notar como sea, incluso a base de engañar a la gente.

En realidad la única finalidad de este intercambio de cromos es poner en marcha el reloj de las elecciones, hasta la fecha parado por la curiosa laguna legal encontrada en el procedimiento del art. 99 CE respecto a los plazos. Cuando Sánchez haya recibido el primer "no" el dos de marzo y el segundo "no" 48 horas después, el 6 de marzo comenzarán en serio las negociaciones, para las que los diputados tienen dos meses, antes de que, si tampoco hay nombramiento, el dos de mayo queden disueltas las Cortes y convocadas nuevas elecciones automáticamente, que se celebrarán en junio.

Es decir, ya estamos como los catalanes después de las elecciones del 27 de septiembre. Hablando de los catalanes debe observarse que en lo único en que este remedo de pacto es taxativo, rotundo y sin fisuras es en negar toda posibilidad de referéndum catalán. Casi parece un pacto anticatalán. Y algo de eso tiene porque es resultado de dos fervorosos nacionalistas españoles: Rivera, hijo espiritual de José Antonio Primo de Rivera, y Sánchez, hijo espiritual de Alfredo Pérez Rubalcaba.

En esos dos meses puede pasar de todo. Entre otras cosas, que el Parlamento recupere algo de su perdida dignidad y tome sobre sí la tarea de buscar un candidato que reúna los apoyos necesarios y que esa tarea recaiga sobre el presidente de la Cámara, López, que tendrá que trabajarse el sueldo. El PP puede seguir proponiendo a Rajoy o a lo mejor prefiere cambiar, pudiendo elegir no solo entre sus diputados sino entre personas que no lo sean. Y lo mismo los demás, incluido el PSOE. Pudiera ser que este deseo de ser útil a la mecánica de la investidura, acabe costándole el cargo a Sánchez si sus propios compañeros lo consideran caballo perdedor, como lo es el Sobresueldos.

Incluso podría encontrarse un candidato de consenso para un gobierno de izquierda con PSOE, Podemos, IU, Compromís, como Palinuro lleva meses proponiendo. En todo caso, abriría un periodo nuevo en que el debate podría salir a la calle y no quedar reducido a los cenáculos en donde los políticos profesionales hacen sus chanchullos.

Ese gobierno de izquierda requeriría un replanteamiento realista de la cuestión catalana. Es absurdo que el PSOE se cierre en una posición autoritaria de carácter reaccionario (PP) o neofalangista (C's), en lugar de abrirse a nuevas formas de enfocar el sempiterno problema de España. Porque no debe caber duda a nadie: el problema de España es Cataluña y Cataluña es quien viene condicionando la política española de los últimos tiempos como, en realidad, es la que explica en buena parte ese pacto efímero entre PSOE y C's. En ese nuevo enfoque habrían de estar los independentistas catalanes. Para Palinuro, lo razonable sería convocar ese referéndum que países democráticos y civilizados como el Canadá y Gran Bretaña han convocado, en lugar de oponerse a él por pura imposición autoritaria con claras reminiscencias fascistas.

También se abre la posibilidad de una gobierno de gran coalición, sobre todo si no es presidido por Rajoy. Posibilidades aritméticas hay más que del gobierno de izquierdas, aunque ideológicas debieran ser menos.  Las grandes coaliciones no son infrecuentes en Centroeuropa. Ahora mismo hay una en Alemania y no parece que sean desastrosas. En el caso de España, sin embargo, resultan más problemáticas porque la derecha española no es democrática como sí lo son las derechas europeas, incluida, por supuesto, la alemana. La razón es muy simple: las derechas europeas se ganaron los laureles democráticos luchando contra el fascismo en los campos de batalla. La derecha española es la heredera del fascismo triunfante. Solo por eso es de higiene democrática no pactar con esa derecha nacionalcatólica, cavernícola, autoritaria, antipopular y corrupta.

Dos meses dan para mucho y las combinaciones posibles son muy diversas. A lo mejor en dos meses las izquierdas españolas superan su incompetencia y consiguen gestionar la victoria que obtuvieron el 20 de diciembre y alumbran un gobierno que sea de verdad de cambio y progreso y no ese placebo que firmaron ayer los dos políticos del quiero y no puedo.
(*) Catedrático emérito de Ciencia Política en la UNED

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