Querido lector, querida lectora. Te confieso que, por primera
vez desde que soy periodista, desearía que no estuvieras leyendo mi
artículo. Estoy seguro de que entiendes el motivo: si lo estás haciendo
es que ya no ando por este mundo… ni por ningún otro. Me he muerto.
¡Joder!, qué fuerte resulta escribir esto, pero es así. Me he muerto y
no quiero marcharme sin despedirme y compartir unas últimas reflexiones
con vosotr@s.
He sido una persona muy afortunada. Lo fui desde que nací,
porque lo hice en un país europeo que, aunque aún estaba sometido al
yugo franquista, muy pronto comenzó a progresar económica, social y
políticamente hasta convertirse en una nación del primer mundo. El azar y
solo el azar hizo que mi destino fuera infinitamente más cómodo y fácil
que el de cientos de millones de niños y niñas que ven la primera luz
en regiones azotadas por el hambre, la pobreza y la guerra.
En este
momento tan duro por el que estoy pasando, creo que no tengo derecho a
quejarme ni a lamentarme. ¿Cómo voy a victimizarme conociendo estas
desigualdades e injusticias históricas? ¿Cómo puedo lamentar mi suerte
viendo lo que está ocurriendo, ahora mismo, en África, Afganistán,
Ucrania, Yemen, Irán o Gaza? Gaza, Cisjordania… Palestina… No te lo
puedo asegurar porque no sé qué ocurrirá, pero creo que mi último
pensamiento, la última imagen que pasará por mi cerebro antes de
apagarse será la de los niños masacrados en Gaza y la de los palestinos
supervivientes afrontando un terrible futuro.
Lo que sí sé es que me iré
sin comprender las razones por las que la comunidad internacional ha
decidido permanecer impasible mientras Israel perpetra un genocidio
delante de sus narices… transmitido en directo, minuto a minuto, masacre
a masacre.
He sido una persona muy afortunada porque mis padres y mi
hermano me educaron para ser libre y tener una mentalidad crítica.
Crecer en una familia humilde, en un barrio obrero de Madrid, me inculcó
unos valores que me marcaron para siempre. Unos valores que se vieron
mejorados y reforzados gracias a la personalidad, fortaleza,
inteligencia y bondad de mi eterna compañera de vida.
Decidí ser
periodista porque realmente creía que informando con rigor y honestidad
se podía mejorar este mundo. Lo creía y lo sigo creyendo. Soy consciente
de que en mi carrera profesional he cometido errores, he tragado con
algunas cosas (creo que pocas) que debería haber rechazado y que no he
sido, ni mucho menos, un periodista perfecto. Pese a ello, miro hacia
atrás y lo que veo no me disgusta. Puedo decir que nunca, nunca he
mentido ni he manipulado ni he ocultado información.
Siempre que he
informado, ya fuera desde Madrid, Bilbao, Sevilla, Kabul, Jerusalén o
Bagdad, he intentado ser crítico con el poder, he intentado contar lo
que pasaba y he intentado dar voz a quienes no la tenían. Voz a las
víctimas, crítica para los verdugos. Sin equidistancias. Sin
ambigüedades.
Por ello, estoy especialmente orgulloso de no haber
ascendido todo lo que habría podido ascender e incluso de haber sido
despedido por intentar ser fiel a mis principios. De veteranos colegas
de profesión aprendí las, que yo considero, dos máximas del periodismo:
1.- Objetividad no es sinónimo de neutralidad. Contar la
realidad con objetividad te obliga, casi siempre, a no ser neutral. Si
hay un agresor y un agredido, un mentiroso y un honesto, un corrupto y
un honrado, tu misión es describir esa situación con claridad y
contundencia. Harto estoy de quienes creen que ser periodista es contar,
sin filtros, la versión de ambas partes, sin plantearse la veracidad de
las mismas o, lo que es peor y más frecuente, sabiendo que una de ellas
es incierta.
2.- Para ser buen periodista es imprescindible ser una buena persona.
Yo siempre añado una tercera máxima. El periodismo no es una
profesión más. De nuestro trabajo depende que la sociedad pueda ejercer
su derecho a estar bien informada. De nuestro trabajo, aunque no solo de
él, depende la libertad, la igualdad y la democracia. Por eso no caben
excusas para mentir u ocultar.
En caso de hacerlo se nos deberían exigir
responsabilidades profesionales e incluso penales. Deberíamos ser como
los jueces (léase “como deberían ser los jueces”), a los que se les
puede imputar y castigar por prevaricación, pero, para ello, también
tendríamos que tener unas condiciones de estabilidad y dignidad laboral
acordes a nuestra responsabilidad.
En cualquier caso y por muy precaria
que sea su situación, aquí va mi último consejo a mis colegas,
especialmente a los más jóvenes: no toleréis la manipulación, no os
autocensuréis, no os refugiéis bajo la excusa del miedo a perder el
trabajo… luchad el enfoque de cada noticia. Sed objetivos, no neutrales.
Sed buenos periodistas siendo buenas personas.
Son muchos los periodistas que actúan así, contra viento y
marea. Tengo el privilegio de que algunos de ellos y de ellas sean,
además, amigos. A todos y todas os mando un enorme abrazo y, sobre todo,
os doy las gracias por ser como sois. No cambiéis nunca. Merece la
pena.
Al resto, a los mercenarios de la información, solo os lanzo dos
preguntas: ¿Os compensa el dinero y/o la fama que ganáis a cambio del
daño que provocáis? ¿Podéis dormir tranquilos después de hacer lo que
hacéis? Nunca es tarde para hacer lo correcto.
He sido afortunado porque he conocido la política desde dentro y
desde fuera. He visto miserias, egos desorbitados y sectarismo, pero
también grandeza. Si algo aprendí en mi vida es que ¡no!, no todos los
políticos son iguales. Hay hombres y mujeres que, realmente, creen que
su misión es mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y ciudadanas
que les votaron y que no les votaron.
Para ellos, estar en política no
es ningún chollo: estar expuesto permanentemente al foco mediático, a
los insultos, al escrutinio de cada uno de sus actos, al acoso a sus
familias… Casi todos podrían ganar más dinero en la empresa privada sin
tener que soportar ese desorbitado precio personal que les supone el
cargo.
Es obvio que hay también otros políticos, demasiados, movidos
por intereses mucho más espurios como la corrupción y el ansia infinita
de poder. Hay que luchar contra ellos, cambiar innumerables cosas y
mejorar todo el sistema, pero hay que hacerlo desde la propia política.
Hay que hacerlo desde la política porque todo en la vida es política o
está condicionado por ella.
Cuidado, por tanto, con quienes arremeten
contra ella, contra los partidos, los sindicatos y la democracia. La
alternativa a la democracia es la dictadura, aunque la bauticen con
cualquier atractivo eufemismo. La alternativa a los partidos y a los
sindicatos es el partido único y el sindicato vertical. Hay mucho,
muchísimo que mejorar, pero el camino no es el que nos muestra la
extrema derecha mundial.
He sido afortunado por dedicar la última etapa de mi vida
profesional a investigar y difundir la historia reciente de nuestro
país. Conocer a supervivientes de los campos de concentración nazis y de
los campos de concentración franquistas, así como a sus familiares, ha
sido uno de los mejores regalos que me ha dado la vida.
Las víctimas del
nazismo y de otras dictaduras no dejaron de repetir que el fascismo no
había muerto, que seguía agazapado esperando el momento de resurgir. Por
eso era, es y será tan importante conocer la Historia. Mirar atrás es
la mejor forma de afrontar el presente, no repetir errores y estar
preparado para las amenazas futuras. Mirar atrás te demuestra que la
libertad, la vida y la democracia nunca están garantizadas y, por tanto,
debemos luchar, cada día, por preservarlas.
De alguna manera, ese
convencimiento es el que me llevó a escribir la que será mi única
novela. En ella intento advertir de lo que se os viene encima si no lo
remediáis. Aunque se publicó recientemente, la pensé y redacté cuando
Trump aún no había ganado las elecciones y yo creía tener una larga vida
por delante. Repasándola ahora, me suena a testamento del que no
tocaría ni una coma. Por favor, por vuestro bien, creed a Anne Watts.
Termino ya. Una persona joven, muy querida, que era consciente
de que su final podía llegar en cualquier momento, me dijo: “La vida es
un privilegio”. Entonces no supe valorar sus palabras. Querido lector,
lectora: exprime la vida, sé feliz, valora lo que de verdad importa,
huye de lo tóxico y practica la empatía… mucha empatía.
Me voy dando las gracias a todo el personal de la sanidad
pública española que personifico en la que ha sido mi oncóloga hasta el
final, una persona admirable y una profesional inmensa, la doctora
Verónica Calderero. Gracias a todos y todas por el trato y la atención
exquisita que me habéis dado. Me concedisteis una prórroga que he
aprovechado al máximo.
Gracias también a los científicos que trabajan
para mejorar y alargar nuestra existencia. Gracias, en general, a lo que
llamamos “lo público”. La sanidad, la educación y el resto de servicios
públicos marcan la diferencia entre una sociedad justa e igualitaria y
una masa de individuos gobernados por la ley de la selva.
Me gustaría concluir este artículo diciendo que voy a reunirme con José
Couso, con Ricardo Ortega, con Mayka, con Jesús Martín, con Ramón Lobo,
con Belén Miguel, con Paloma y con tantos amigos, amigas y familiares
que he perdido en estos años. Me gustaría decirlo, pero no creo en
ningún dios.
Mientras escribo estas últimas líneas soy consciente de que
solo tengo por delante un fundido a negro. Un fundido a negro que,
paradójicamente, es el que le da sentido a nuestra existencia.
Os deseo lo mejor y disfrutad porque, sí, la vida es un enorme privilegio.